¿COMO HA PASADO LA NOCHE?
Entre sueños dormita un anciano bajo la infinita soledad de la luna. Las estrellas que lo contemplan lo acarician con sus destellos, aquellos que reflejan la pura nostalgia del universo, de los que la vida se nutre a través del empírico sentimiento y la mística visión del existir.
Pasada la medianoche, los ojos de nuestro hombre siguen abiertos, pues parecen penetrados por las pasiones del más allá, entre un sin fin de fantásticas visiones de felices acontecieres e inéditos paisajes y florestas de colores, cirscuncritos a remotos horizontes de sorprendente belleza jamás imaginada, superando a las más bellas imágenes de nuestro planeta. Mas todo se olvida ante la brisa del tiempo y el desasosiego que a todos nos despierta para enfrentarnos a un frío penetrante y sigiloso que nos generan múltiples desgracias.
El matiz de la vida es irónico e incomprensible ¡Tanta vehemencia y dulzura y tanta capacidad de humanismo, despiertan en el ser la dicha de sentirse compasivo!, mas este punto es increíblemente pequeño ante la inmensa mayoría de los seres que pueblan la tierra.
Llora despierto y ríe en los sueños, y, como los años vuelan, veloz se acerca a su perdida niñez. Hoy, es un anciano prematuro y aún no ha cumplido los setenta, sin embargo, ya está encanecido y encorvado, su rostro es como el de un decrépito y mal cuidado vejestorio que pasa de los noventa. Su famélica delgadez lo degrada casi con impiedad, y sus hundidos ojos son como dos pequeñas canicas de fino cristal, empañadas y turbias por la brusquedad de sus malas vivencias y el hábito nauseabundo del alcohol, el que lo hundió de por vida, acompañado por otros avatares y sinsabores que acabaron con su existir.
La soledad estalló sobre el silencio y se hizo humana, y como sábana ardiente, lo trataba de envolver con doliente rigor de cariño y esmero sobre el diminuto espacio que nuestro hombre ocupaba.
En sus adormecidos desvelos, cegado por volver a aquellos lugares de su infancia, lo hacían retroceder en el tiempo al par que se iluminaban sus pupilas, siempre fijas en ese punto indescriptible donde el bien natural florece sin cesar por todos los confines imaginados. Sus recuerdos están aislados y entumecidos por la zozobra del mítico postulado de un pasado cruel, mas él no trasciende los estadios del comprender, es por lo que vive como un ciego, caminando mudo y errante por los yertos paisajes de su vida y ante el confinado tumulto del despertar que no puede trascender, es por lo que sufre un calvario, y otro, por la falta total de alimentos, pues solo pide limosnas para beber y poder sentir el inmenso poder que le aporta la bebida y de paso, olvidarse de ese su mundo miserable e infecto. Así lo cree, así lo siente, aún a pesar de su desmesurada embriaguez.
Vive o mora en la estrechez de su pueblo. A veces, se desespera y como en esta ocasión, el helor de la noche lo desvela del sueño, echándolo a caminar por la solitaria carretera. Solo él y la sombra que le persigue sin remedio, a veces, cree que el espanto de su vida quiere arrebatarle su botella de vino blanco, su fiel y única compañera, la dama de su tragedia y de su pecado, envuelta en una andrajosa chaqueta. Sus quimeras se acercan cada vez más a la locura, mas la noche lo acompaña en su destierro, cada vez más lejos de sí mismo, así cree ocultarse de su mundo, envuelto entre negras sombras y bajo las amasadas nebulosas de las perdidas constelaciones.
Quiere vivir deprisa para hacer más breve su calvario de ave caída y sin alas, porque ya, solo le quedan entrecortados pasos en su lento caminar, sobre dos pies casi desnudos que se van arrastrando por los suelos de su camino. Los argumentos son lo de menos, pues son estados anímicos los que llevan al hombre a todo tipo de desgracias y sufrimientos, y a veces, su propia pasión le nubla la visión de ver su único destino, tal vez cercano a su propio paraíso sin tan siquiera imaginarlo.
La gélida noche se mantiene pura y viva bajo los ígneos destellos de aquellos puntos luminosos nacidos de millones de soles que murieron y que aún hoy siguen atravesando los siderales espacios para con sus fulgores, engalanar a los seres predispuestos por la tristeza.
Al fin, cansado de tanto andar y bien metido en carretera, se aleja varios metros del arcén y en una pequeña zona de húmeda hierva se tumba encogido sobre su vieja chaqueta como almohada. Su respiración aligerada se enfrenta al delicado viento que es como un suspiro, y que es como un viejo conocido que se acerca a oxigenarlo para calmar ese estado febril de su agitado aliento.
La calma fijó su estancia donde intentaba dormir para sofocar sus miedos Ya eran las dos de la madrugada. Rumores muy lejanos aparecieron envueltos entre rostros perpetuos de su cándida niñez. Son retazos de ancestrales visiones entre sonidos que fueron notorios y claros en épocas pretéritas. Voces y cantos entre lamentos de seres queridos que morían, músicas celestiales entre incógnitas de misterios. Besos de sus padres que también fueron vagabundos. Salarios que rigen la mansedumbre de los hombres y que sobre ellos cabalgan las iniquidades del poder y la injusticia, de la intolerancia, del ser humano, de las enfermedades y de la prematura muerte. ¡OH gigantesco deseo de poder y de inherente amargura para el sufrimiento ajeno! ¿Porqué sobre los tormentosos mares navegan los veleros del suicidio? ¿Quién otorgó la sustancia del alma al hombre para cargar con la intriga desconocida de la gloria que va devastando todas las conciencias, ¿ no es bastante poseer un solo espíritu por donde se muestre el “ego” como sufridor del cuerpo? ¿Cuántas cargas más soportaremos para que las consabidas malignidades dejen de avasallarnos? ¿Acaso ellos, los que lo manejan todo, viven en el sentir verdadero, siendo como son, explotadores de la inconsciente humanidad? Aún así, tienen el cinismo de defender a esa imaginaria sombra a la que llaman Dios, y relacionarla con ese hondo misterio, (recinto sagrado donde habita el único amor).
Pasan las horas y su cuerpo sigue frío, mas su corazón vigila sus torpes latidos, entre gritos de trágicos personajes que habitan sus interiores y que aconsejan que el agitado músculo que bombea la sangre, se pare. Son entidades del pasado, familiares y amigos, seres que habitan la memoria ubicada en la mente.
Una sonrisa iluminó el rostro del anciano, su plácida barba destellaba una blancura de azucena. Sus ojos brillaban engalanados por algunos bellos recuerdos, mas, el mal tiempo tempestuoso y cruel se hizo eco por medio de algunos serpenteantes relámpagos seguidos de fuertes truenos. La tormenta era evidente, el cielo en pocos minutos se cubrió de negros nubarrones. Desde el lejano horizonte avanzaba la fuerte lluvia, caía a mares sobre un campo despoblado de árboles para un posible refugio, ni tan siquiera un ruinoso caserón sobre ese llano desierto, ni una cercana roca con salientes que pudiesen cobijar a un hombre, ni cuevas sobre la tierra, ni un solo resquicio que lo pudiese proteger de aquel terrible temporal como del frío.
Mas una cruz ensangrentada hecha de sufrimientos está bajando del cielo. Dicha cruz, es el hechizo del pecado, mas, no ese pecado del artilugio religioso, sino pecado nacido del arraigo de una conciencia insana. La sangre que la envuelve es sangre de sentimiento, derramada bajo la titánica lucha por contener a la terrible avaricia, porque en este mundo nadie regala nada, sin embargo todos esperamos algo. No existe una amistad que no esté distorsionada. Cooperamos casi sin saberlo a potenciar la pobreza, y por ello, empujado por más temores que miedos, damos lugar a nuestra propia guerra, y por ende, a la de todos, porque somos copias del mismo principio.
Caída la cruz, se ha clavado a los pies del mendigo, mas ahora es cruz que quema, mas su calor lo conforta. Está quieto y dormido bajo la reinante soledad. Chisporretean las llamas bajo el duende de un aire limpio y sofocado, tan leve como el pausado latido de un arrítmico corazón, mientras que la cruz de seca madera, se calcina bajo el fuego.
En el sopor del sueño, asombrado el anciano, ve con estupor como la cruz se apaga, mas ha nacido en su lugar, una cruz tan negra como esta noche sin luna y sin estrellas, la que nos depara el arrogante presente, como posible regalo del destino.
Mas la tormenta brama enfurecida, y frente a tan terrible furor, nuestro hombre delira, y quedo, murmura desde el recinto de su mente, prisión donde reside y habita desde siempre.
Gritos entre voces balbucientes lo despiertan, el cree que alguien lo llama o avisa de algún peligro. Sus ojos están abiertos como jamás lo hiciera, fijas sus pupilas sobre la perenne y profunda negrura, de donde emergen volátiles sombras que gimen en torno suyo, de seres extraños que lo acosan y que veloces se dirigen hacia él queriendo traspasar su cuerpo, mas nuestro hombre, cubre su rostro con sus manos. Fantasmales espectros de hombres mutilados y transparentes, aparecen, son figuras deformadas que inundan los espacios, entidades etéreas que quieren trasportar a los que padecen, a otros lugares donde el terror es la suerte más acomodada. También surgen gigantescos seres monstruosos, alimañas voraces que se alimentan de las flaquezas ajenas, con ojos que atraviesan los sentidos, al igual que insectos voladores de repugnantes aspectos e irregulares tamaños, deseosos de penetrar sus entrañas y las de aquellos otros que habitan los lugares del sueño, donde solo coexisten restos de astrales deformados y perdidos para siempre, y que en otros tiempos fueron seres enganchados por el alcoholismo y otros vicios que a los hombres degeneran, semejantes estos, al caso de este ser que nos lleva. Son vicios bien marcados sobre los restos de espíritus que sobre los espacios pululan y que ya todos murieron, mas se muestran como pueden por estos planos de existencia, donde todo son sentencias de aberrados testimonios, hasta que al fin, con el tiempo y el sufrimiento, se liberen de esos terribles hábitos que adquirieron, a los cuales, por una razón u otra accedieron, y sin saberlo, se enfrentaron a condiciones diabólicas que lo sostienen. Si es verdad que existe el renacer para volver a empezar de nuevo, mi contento sería infinito hacia ellos, pues terrible es el inmenso desconsuelo de estos alcohólicos, verse mermado en la salud, la libertad y lo humano, lejos de cualquier familia o amigo y de todo lo que representa la vida, aún siendo crueles como lo son todas las sociedades del mundo. La muerte en estos estadios es un puro regalo, sin embrago, y aún así, se quiere seguir viviendo, ¿cual sería la esperanza de seguir en estos cambios llenos de malignas iniquidades? Solo cuentan las ilusiones a pesar de tantos pesares y tantas incomprensiones.
Se huye de la soledad sin haber tenido relación con ella. Tememos a las imágenes del infierno por todos los esquemas que han introducido en nuestro cerebro. Sentimos pavor con solo pensar en la muerte, aún viendo lo natural del asunto ¿Qué nos refleja o aporta la codicia del bienestar como ilusión de la gloria eterna,? ¿Qué acompaña a nuestro despertar si amanecemos ausente de nosotros mismos?
¿Existe en verdad ese punto de luz interna que nos guía y nos protege en nuestro caminar sobre la tierra, o todo es mera ficción donde el caminar tan solo está mostrado por la historia y la cultura? Ambas, por cierto, son semblanzas de corrupciones que nos la muestran como verdades, solo para engordar nuestra memoria, son condiciones que navegan a través del tiempo para no olvidarnos del pasado, utilizando para ello (porque ya somos inconscientes), el ahora, porque el pasado es la gran tragedia de la humanidad, visto desde el panorama de vivir de las enseñanzas o experiencias ajenas y llenas de contrariedades, para los que con ellas no comulgan, y solo, porque ven, que es vivir de segunda mano y porque si así lo hicieran, negarían el eterno existir del presente. El morir podría ser entonces el nacer de otro despertar, donde lo nuevo sería la revelación de la libertad, facultad indispensable para volver a empezar de cero.
Al recaudo de los cielos, las plegarias para los muertos siguen siendo banales. Son idilios de pasiones que no cesan porque están sujetas a otros periodos, los que van dilapidando las energías, las que sin saberlo robaron a la madre natura, y que para ellos, son los frutos de las convencionales creencias dirigidas a un hipotético Dios, por El las malgastamos, se las concedemos por medio de oraciones, en nuestros retiros de devoción, exigidos por las religiones, para conseguir el perdón de nuestros pecados, En cada difunto hay un espíritu en espera más allá de todo desgaste o sumisión, por la perdida frustrante de energía. Nuestra mente, es una nebulosa de mentiras entre voraces universos: confabulaciones de cruentas vanidades en este mundo, donde todo son apariencias. Porque la verdad, la libertad, la fe, el amor o Dios, son todas meras palabras que condicionan al hombre, las cuales son los frutos de nuestra mente y letargo para la conciencia.
Volvamos a nuestro mendigo anciano: ¿Porqué son tan crueles las relaciones humanas? ¿Qué principios del comprender no hemos entendido? Los estados anímicos se revelan y las almas adormecidas no reciben la necesaria y vital educación para seguir evolucionado lejos del mal.
El habilidoso Otoño despertó al anciano, congénita su lejana mirada con el despertar de lo eterno, como dando muestra de que él vive desde siempre. Son estados profundos a los que no llega nuestro pensamiento, concupiscencia de amoríos consolidados que habitan el subconsciente, como legado del génesis de la propia existencia, tal vez, de mutantes que operan a la deriva desde todos los tiempos y que hoy se expresan para alargar nuestro existir adscrito a las formulas de cuidar nuestro cuerpo como único compromiso, con la ilusión de conseguir un paraíso.
La flor del olvido está abierta para nuestro hombre, es buena señal, porque así no habrá desdenes a sus fracasos ni les pedirán explicaciones ante su fatal comportamiento para con su cuerpo. Son confrontaciones entre pasiones ambientales y los falsos estados del viejo y enjuto deseo.
Ahora, ante él, desfilan Ángeles Misteriosos de tupidas túnicas blancas, no llevan alas, mas si coronas de vidrios para que se reflejen las estrellas en esa su noche de sueños, antes amarga, ahora alucinatoria y bienhechora. Su espíritu vaga sobre la frágil noche y la paz es sobrecogedora.
El devenir se muestra audaz y silencioso, mas suena el clarín de la nostalgia aún a pesar, de que nuestro hombre siempre obtuvo muy malas experiencias. ¿Será esto un regalo al sufrimiento bajo las relucientes constelaciones que lo observan, o, un milagro para salvarlo de su ya prescrita muerte, ante este panorama, que para cualquier ser vivo sería como poco, aterrador e inhumano? Sin embargo, la luz brilló en su interior justo en el punto del entrecejo al que denominan los orientales como, “el tercer ojo”, centro de emanaciones y de donde la luz aparece intensa y de variados colores. Hay “gurús” que imparten técnicas para experimentar dicha luz y que pueden ser parte del camino para su evolución espiritual, entre otras técnicas a experimentar. Tal vez sea así, ante el iluminado rostro de nuestro anciano que ahora lo muestra sonriente. El cosuelo es su virtud, como orden que se oculta en cada ser, y que a él se le está mostrando como un relámpago de bienestar, el que a todos nos ilumina ante las adversidades de este mundo, es, como una semilla de pura energía que nunca muere porque es inherente al infinito y a la eternidad, y que por ello, tal vez la vida como soplo, sea un transe para los planos de existencias que todos desconocemos, al menos como real y verdadero. Tal vez, todo sea un letargo sobre los hostiles y floreados pensamientos.
Ya caen las primeras gotas del fuerte aguacero que se avecina. Terribles truenos braman con bríos sobre aquellos parajes desiertos. Pronto repiquetearan sobre su dormido y frágil cuerpo. La rotundidad de la lluvia podría ser espantosa para él.
Voluntad de acero sobre el tenso silencio para ser destruido por el trágico espanto, el que arrastra consigo a la ilusoria muerte. Banal encanto de retorcido sufrimiento bajo este ruidoso otoño, desde donde se pierde cualquier esperanza de resurgimiento, plenas las dóciles facultades del existir.
Lo arrolló el pavor de la terrible tormenta. La furia incesante lo hacía retorcer sobre la tierra. Él, aún tubo poder para erigirse sobre sus pies, y pudo pedir a gritos la sugerente ayuda a los vehículos que de cuando en cuando pasaban. Mas nadie se detenía ante sus voces de socorro. La lluvia era como un torrente. La carretera como un pequeño río, y el frío se hizo furibundo e intenso por los fuertes vientos que terriblemente embestían.
De pronto, recordó su botella de vino y casi a tientas, porque apenas si veía a través de aquel diluvio, a trompicones logró hacerse con ella. Pocos minutos tardó en vaciar la botella en sus adentros, también pocos en hacerle su efecto, mas sin pensarlo, se tumbó enroscado sobre su empapada chaqueta. La lluvia gemía impiadosa sobre aquellos campos. Gritos entre delirantes temblores sobrepasaban los umbrales de cualquier sentimiento. Inesperadamente cesó la tormenta llevando consigo la carga de tan insólito pavor, y, como por arte de una magia inesperada, se abrieron los cielos y aparecieron las estrellas. Los vientos también huyeron y las claras del día ya apuntaban sobre oriente, por el aún brumoso horizonte. Pronto amanecería
Resuelta ya la mañana, desde los vehículos que rodaban cercanos a su vil aposento, algunos señores, más listos que otros sin rubores les gritaban, recriminándoles al anciano su estado de embriaguez a tan temprana hora de la mañana, mas nadie se le acercaba para tan solo decirle: –¡hola amigo!, ¿como ha pasado la noche?,
Toda vida transcurre como en una cápsula o envoltura, atada a pasionales quimeras, siempre prisionera entre confines y condicionada por las falsas proyecciones de índoles tormentosos, mientras que conciencia y mente se van mutando para otros menesteres del existir, existir desconocido para el que muere.
Así la crisálida reposa, mas no duerme porque va elaborando su próximo despertar bajo el misterioso secreto del renacer que entre finas sedas, la mutación de la vida elocuente y bella, culmina los últimos retoques a su ignoto estado. Mas un tibio resplandor irrumpe sobre el interior de la envoltura, para mas tarde emerger de su interior una esplendorosa mariposa de múltiples colores, una forma distinta del comprender, una nueva pasión desconocida, principio de amor para el nuevo ser, que aún sin el saberlo, está comprometido al milagro de la vida.
Veloces pasan las horas. Ya es medio día. De un impecable auto, salen: una joven dama y un altivo caballero, ambos se dirigen al lugar donde un bulto en abandono aparecía ante sus ojos. Sobre una limpia envoltura de blanca seda, recostado y silencioso, apareció un niño vigoroso y bello, un pequeño ser que renació a la vida, y que al contemplarlo, vieron que sonreía ante la luz de aquellos campos solitarios, callada la brisa, sostenido el misterio. El mutis de ambos se hizo eterno, y el deleite reinó sobre la paz, mas el eco de un llanto despertó al silencio y volvió el inmanente gozo. Sobre un oscuro manto venido de los abismos, se envolvió a la bestia, para ocultarla lejos de este mundo de destempladas visiones, y así, proteger al niño de tantas malignidades, las de este infierno de inhumana virulencia, ideada para acrecentar los miedos. Todo, para que florezca en la inocencia la pura flor del sentimiento. Lo de nuestro anciano, solo fue la intrépida ficción de una leyenda tristemente elaborada, con visos de trágica realidad cercana a los sueños.
Nunca comprendí que el alma fuese ciega, por eso doy fe de las vivencias del espíritu. (Testimonio del moro Juan según sus propias experiencias.)
Los tiempos pasados ya no existen pero si el receptáculo de la memoria donde se almacenan escenas vituales carismáticas y caprichosas, grabadas al azar en todos los instantes de nuestras vidas, siendo las más relevantes las más dúctiles y amorosas, así como las más fantásticas, aquellas que más te marcan, las que más consolidan la imagen de ese estado que prevalece, las que te hacen sentir el privilegio innato de lo total y verdadero contenido en ese hálito de existencia e inherente a esa etérea sustancia denominada “espíritu”.
Todos los sentidos están desarrollados para exponer y percibir todas las vivencias que nos aporta la vida por medio de la ilusión, porque todo es, como un eterno latido, un soliloquio en el infinito, un estado total que se alimenta del presente con la conciencia y la razón como únicos componentes, capaces de conectar en el ahora y sin ningún intermediario con lo que en verdad es el fruto del cósmico silencio unido al azar de cada instante, a lo que llamaremos soledad, sin conceptos ni referencias, donde la luz y la oscuridad son los frutos del universos, en común consonancia con ese sonido que es el verbo, el que nos acompaña en esta sublimada eternidad, sin conocimientos adquiridos por la mente.
EL SUEÑO
Con los parpados cerrados brotaba la luz interna por entre la oscura fronda de un espacio reposado. Fuentes de satinados colores, imprecisos y poderosos, capaces de fascinar al que dormido los contempla. Arraigadas fantasías de conmovidos artificios de incontrastados tonos y matices, figuras iluminadas, puntos refulgentes capaces de contener hirientes nebulosas de sistemas expandidos, sobre un micro universo de cálidas vibraciones. A veces, la oscuridad como parte, era tan real como los mismos resplandores, latentes e impenetrables, mas nunca comparable a la penumbra nacida de la contrastable conciencia bajo la solitaria música del Cosmo.
Se oían murmuraciones junto a las puertas del sueño, eran voces infantiles sumisas y quedas, las cuales, invocaban del etéreo misterio, esa franja luminosa sobre la que se debate la comedia del firmamento, al par que la luna despertaba iluminando a nuestros pequeños héroes.
Los espacios se abrieron ante una noche de plenilunio y, una cándida sonrisa voló en pos del infinito. Era el interno secreto del alma implantado en el rostro de un espíritu grande y que a su vez, era sombra ajustada en la visión de los niños.
ROMANCE DEL MORO JUAN
La pálida luz del alba Tras las bodegas “El Pimpi”,
nos va iluminando el sueño la bella esfinge de un viejo
de la Málaga de siempre vestido a la vieja usanza
impertérrita en el tiempo. se funde con el misterio.
Sobre calle “Alcazabilla” Bajo las oscuras noches,
se yergue un gran monumento la leve voz del silencio
de popular hermosura, se marchita en la Alcazaba.
cuna de añejos recuerdos, De un espíritu sediento
fieles historias dormidas al aire vuela un suspiro
sobre el insigne aposento creando la sombra del miedo.
donde murió el "moro Juan" En una estatua de brocce
cargado de sentimientos. el moro está prisionero,
latente su extraña vida,
legado del dios eterno.
PRIMERA PARTE
Como espíritu en las tinieblas la muerte avanza en silencio. Se descorren los velos de la noche y los rayos de luna irrumpen en el espacio para posarse a los pies de una tumba. Sarcófago de blanco mármol bajo las viejas estrellas en el azar del tiempo, de una época dorada ya extinguida, en cuyo interior, descansan los restos del grandioso “moro Juan”, ser fervoroso en otros tiempos y hoy, un digno espíritu que pulula sobre los espacios abiertos del monumento. Dicho espíritu es el guardián de la Alcazaba y emisario de paz, desde su renacer, hasta los tiempos venideros.
Nuestra vieja Alcazaba, es como un templo, una grandiosa obra elaborada con piedras del terreno y adobes de barro para levantar gruesos muros y elaborados arcos.
Solo la luna llena iluminará el espíritu del moro, quien en delicados vuelos, viajará sobre las almenas del cercano castillo y paseará reposado por entre los arcos y pasillos, bóvedas y túneles, atravesando los bien cuidados jardines por donde discurre el agua encasillada, por entre acequias ocultas y visibles, hechas de duros ladrillos sobre terrazas de mazaríes. Atravesará el patio de armas y el patio de los surtidores, para entrar en el patio de los naranjos, el patio de la alberca y patio de la aljibe, para subir a la torre del homenaje, de donde se divisa la sin igual bahía de Málaga con sus pasivas aguas misteriosas bajos los efectos lunares. El “moro Juan”, pasivo y altivo, ataviado de blanco turbante de lino enroscado sobre su cabeza y chilaba amarilla sobre su cuerpo y coronando su figura, una anchurosa capucha para cubrir su rostro y parecer más enigmático.
Sobre el neblinoso espacio de una dimensión perdida, el abuelo hondamente respiraba. Soñaba y soñaba y en el sueño reía rodeado por sus amados nietos. De tres años el más pequeño, llamado Jorge, con su hermanito “Javi” de seis, su primo Jesús, es tres meses mayor que este. La hermana de Jesús es la mayor y su nombre es Yolanda, bella adolescente, delgada como una sílfide, simpática y sonriente, y un servidor, se llamado Juan, dejando bien lejos la noción de mis edad..., ¡bueno...,! Tengo sesenta y ocho años y me encuentro muy bien. -¡Claro, porque no soy tan viejo! ¿Verdad?
Mis cuatro nietos ocupan toda mi vida. Son mis amores a partes iguales y fruto de mis años con mi esposa, que es la mujer de mis hijos y a la que más adoro.
A los tres mayores les he contado muchos cuentos. Ellos con su gracia y yo con mi ingenio, lo hemos pasados ¡Bomba! A veces, reíamos a carcajadas limpias y otras, nos invadía la tristeza convertida en amargo llanto de puro sentimiento. Nos metíamos en tan hondos argumentos, que vivíamos a fondo nuestras experiencias.
II
Contaba el abuelo: Érase una vez, un moro solitario que habitaba una Alcazaba, al olvido de cualquier época u existencia. Volaba en soledad sobre aquel abierto paraíso, cual eremita del amor y amante desde hacía más de quinientos años de tan singular belleza, desde los tiempos en que reinaba la dinastía Nazarí.
Atado a su juventud y perdido en su pasado, el “moro Juan” como entonces le llamaban, murió en cruenta batalla contra los cristianos por defender su Alcazaba. Lo enterraron en ella y con el tiempo, sus restos ocuparon un blanco sarcófago que según la leyenda aún dormita en él. Así se forjó su historia, en torno a una fábula que a todos sorprenden, porque son fábulas de convenidos misterios fantasmales, y que aún hoy, se sostienen en ciertos círculos de fanáticos historiadores. Desde entonces: espíritus siniestros se pasean por los espacios que sostienen a nuestro monumento. Seres brutales y pecaminosos, guerreros de otros tiempos. Unos en nombre de la cruz (seres asfixiados por la aflicción), otros; ladrones y miserables traidores en contra de la media luna. Criminales sin escrúpulos. Gentes todas de aquéllos tiempos, donde reinaba, tanto el amor como la perversión y la lujuria. Mas, enhiesto sobre su tumba, el “moro Juan”, salió sin más de su duro mausoleo para lentamente acercarse a las bajas murallas, cercanas al patio de armas.
El sueño se abrió como se abre una flor y los hados sagrados que predicen el futuro, entraron, ¡OH ilusión!, de iluminados seres, emergieron voces divinas. Alá brotó de la Nada y de ÉL, todo el universo, y también brotó la inocencia, y, sobre sus pies divinos, nació el hombre sediento de libertad y pleno de ilusiones. Entre ellos: un ser especial arrodillado ante su Dios, entidad representada por el glorioso espíritu del “moro Juan”.
De la oscura fronda de los árboles en tinieblas, emanan esencias descritas en el paraíso, entre ellas: la mirra, el incienso, el sándalo, el lirio la rosa, el jazmín y el romero, entre otras muchas, y como alimento embriagador, la ambrosia.
Se abrieron los cielos y un vendaval de ilusiones cerró las puertas del infierno. Quedó el moro callado y boquiabierto ante tan insólitas visiones, mas una estela luminosa lo condujo hasta el sueño del abuelo. Elocuentes suspiros se mantenían suspendidos en el aire, envuelto entre voces nacidas de los pechos infantiles.
Los personajes descritos dentro del sueño, escuchaban atentos al bien amado abuelo, que sin prisa pero con pausa, les contaba hermosos cuentos infantiles de aquélla vieja Alcazaba, incluyendo como artífice al fabuloso y querido moro.
En otra dimensión, en la del reino del silencio, desde donde las estrellas están más cercanas y el eco de lo eterno es el ¡OMM...! Del Universo, flotan las miradas y se marchitan los innobles pensamientos. El puro amor como ilusión, se introduce en el pecho de nuestros niños y sus corazones se estremecen al comprender del espacio lo que ellos imaginaran que fuese fantasía.
La voz del abuelo proseguía... –La luna está más bella que nunca y sus rayos plateados se posan sobre la blanca tumba del “moro Juan”, en cuyo interior, su espíritu mora sobre sus resecos huesos. Así, que estad muy atentos porque está presto a salir, si es que se deja ver. En cuánto salga, lo seguiréis con vuestra vista, pues seguro que volará hacia la Torre del Homenaje, porque esta es su lugar preferido. Es su atalaya, desde donde contempla el bello puerto de Málaga, mas los rayos de luna lo bañarán con fervor hasta que florezca el alba.
-¡Abuelo, abuelo! -casi gritó “Jesucillo” –Lo he visto, de verdad abuelo, he visto al “moro Juan” -¡Siii abuelo!, de verdad, lo he visto. A lo que su primo Javi replicó..., - Si abuelito es verdad, yo también lo he visto, y añadió: -¡No vea Jesús, vuela y “tó,” sin alas! – ¡Sí, si, abuelito...”lo visto, lo visto”. Así se expresaba Jorge el más chiquitín de los primos
Era una bella noche de Otoño y la lluvia había impregnado de limpia humedad el delicado espacio donde todos respiraban sobre aquella perfumada brisa. Eso era todo lo que en el aire reinaba para acariciar aquéllos rostros infantiles. La melancolía brilló sobre el fino cutis de Yolanda y sus ojos relucían en la noche, como los rayos de luna llena sobre el azul y oscuro Mediterráneo. La nieta adolescente ajena a casi todo, pensaba en sus amigas, mas el abuelo la miró a los ojos y ella volvió a la estancia del sueño. Graciosamente, a todos regaló una dulce sonrisa de amor y cariño, añadiendo - ¡Venga abuelo, sigue con el cuento! que yo también he visto al moro, pues iba vestido con larga chilaba amarilla ¡Preciosa!, que casi cubrían sus pies, e iba cubierta su cabeza con blanco turbante y ancha capucha que cubrían sus ojos.
-Por los detalles que das, veo que eres muy observadora, - verdad cariño. – Pues si, abuelo, el “moro Juan”, como tu le llamas, iba vestido de esa manera. Mas los niños también la creyeron, porque ellos también lo vieron.
En vuelo presuroso, el moro se presentó ante ellos en espíritu y todos quedaron boquiabierto a la vez que sorprendidos por la rapidez de su vuelo.
- ¿Quienes sois? - Preguntó airoso y con sutil complacencia – Y, ¿como es que me veis, pues yo soy etéreo y pertenezco a otro tiempo? Y añadió. – No puedo comprender como habéis llegado ante mi invisible presencia y verme. – A lo que respondió el abuelo. – Perdone señor, es usted el que sin saberlo habéis entrado en nuestro sueño, el cual pertenece a otra dimensión que al parecer es también la vuestra, mas no se de donde habéis salido. -¡Ah si, ya recuerdo!, -asentó el moro. -Fui conducido hasta vosotros sobre un halo de luz, desde los sagrados pies de mi señor, El hacedor del Universo, El me premió con la misión de ser guardián de la Alcazaba y al mismo tiempo luchar contra los espíritus malignos que tienen acosados sus espacios interiores para espantar a todos los visitantes y con ello sembrar, tan pérfida leyenda.
-Durante más de quinientos años, dichos seres, extraños y crueles, se presentan de súbito, sobre cierto lugares no muy visibles y desde ellos, se muestran ante los vivos con innobles e envilecidos afanes, creando el espanto a quienes los perciben para que huyan despavoridos ante tal inminente pánico, porque ellos, son los visitantes a través de los siglos, mas yo soy ese elegido, el que lucha contra estas huestes de miserables espíritus, seres habituados a potenciar los temores sobre este recinto sagrado, mas al parecer, tengo el maravilloso privilegio de ser vuestro guía y amigo en esta noche de luna. También debo advertiros, que en este lugar de especiales estados, corréis grandes peligros. –Así que será mejor que estéis vigilados por mí.
Calló el moro, porque había percibido rumores procedente de los patios más cercanos. Eran entremezcladas voces frívolas y triviales, voces de sugerentes y agónicos misterios. Mas de pronto: se ocultó la luna tras una negra nube pasajera al par que se despertaron delicados céfiros a los que se oían susurrar por entre aquéllos árboles eternos. Una lechuza dejó sobre el aire su fino ulular de tonos diversos, con cadencias que alertaban a la mítica ilusión del estéril pensamiento, capaz de asustar a los alertados por la muerte , mas, también nuestros artífices se asustaron, hasta el extremo de castañear los dientes entre temblores y miedos.
Despertó la noche con extraños ruidos, entre miles de sombras escondidas, tras cada ápice de brisa y cada ilusión visible, entre sonidos que te llevan a vislumbrar, imágenes bajo envoltorios de seda fina que dejan marcar la silueta de un fantasma.
Los frágiles corazoncitos infantiles, incluso el del abuelo y su amada nieta Yolanda, se sentían como oprimidos, ocasionándoles tenues convulsiones.
La oscuridad inundó todo el espacio presente y tan solo eran visibles los abiertos y relucientes ojos de nuestros niños, mudos de asombro. Entre el abuelo y su nieta, abrazaron y cobijaron a los tres pequeños al par que besaba sus adoradas cabecitas, mientras los alentaban con palabras de consuelo.
- No pasa nada, el “moro Juan” es nuestro amigo y el nos protegerá de los malos espíritus, mas que os digo, si vosotros sois grandes luchadores. ya veréis que entre los cinco y la ayuda del moro, echaremos a todos de nuestra querida Alcazaba.
El viento ligero les trajo negros nubarrones acompañado de ligera lluvia. También aparecieron relámpagos y truenos empujados por el levante, procedente de nuestro mar Mediterráneo. La farola, extendía su rítmica luz sobre las oscuras aguas, por si acaso se hallase perdido un velero, o una barca de pescadores a la deriva. Las embravecidas olas estallaban sobre la estancia de la noche, mas en las costas malagueñas, ojos temerosos marcaban el ritmo cadencioso de los embates sobre las costas. Los niños tiritaban de frío, porque habían huido de los divinos frutos de la calma y el silencio.
La muerte vociferó y de su gélida voz, tras las espaldas de nuestros pequeños amigos, brotaron singulares palabras, elocuentes, perturbadoras y frías, voces que nos parecieron de otra dimensión, capaz de crearnos perturbaciones mentales. Eran, extraños e incoherentes sonidos de difícil comprensión. Afinando los oídos, pudieron oir y sentir, los últimos lamentos de una peluda rata que moría bajo las fauces de una enorme lechuza. Su hondo gemido nos indicaba el triste final de su vida, su último adiós para siempre. Tristes pensamientos embargaron a nuestros niños y mayores, mas al expirar la rata, vieron con asombro, como un hálito flameado salía de su cuerpo, cual vaporosa imagen diluyendose, en el espacio presente, para volar rumbo al cielo, tal vez en pos de las estrellas.
La ingrata angustia inundaba a aquellos vivos corazones, pues se sentían como blandos corderitos asustados ante aquel no deseado milagro, como lo era el de la fúnebre muerte.
Al fin huyó la tormenta por entre los confines de otros mundos y con ella las negras nubes y la copiosa lluvia, para dejar paso franco a nuestra cándida luna.
Se alejaron al fin los temores y la inocencia se dejó sentir. El “moro Juan” ya no estaba presente, se había volatizado sobre este humanizado espacio.
Los ojos de los niños volaron sobre el sueño y tras ellos el abuelo y su nieta. -- -Sigámosle abuelo – saltó de pronto Yolanda y ambos, tras ellos volaron a través de toda la Alcazaba, y, ningún espíritu divisaron, ni almas en pena que gritaran, o astrales que pulularan. –Solos..., estaban solos, ni un solo rumor o murmullo que lo incitaran, ni un leve sonido en la arboleda, ni tan siquiera una frágil hoja seca que sobre el aire volara, que pudiera romper el silencio. - ¡Nada...! Solo calma, mas en los interiores de los cuerpos, estallaba una voz quebradiza, un soplo, un hálito o pensamiento, cual eterno misterio del más allá, dura flor sin pétalos, al olvido de las miradas.
Brutal armonía sobre los campos del sueño. Risas perdidas entre los años del tiempo. Espacios de desconocidos paraderos, donde solo caminan los muertos.
-¡”Moooroooo!, - gritaron los niños. -¡”Moooro Juaaan”!, - insistieron. Mas nadie respondía.
Una blanda melodía entró en el sueño y despertó al abuelo. – Jesús, “Javi”, Jorge, Yolanda..., ¡por favor responderme! - ¿Donde estáis? -¡Por favor, os lo ruego, responder!
Todo fue inútil, los cuatro nietos se habían quedado atrapados en el sueño, allá sobre los sutiles espacios de la Alcazaba, sobre una dimensión desconocida.
Se vistió con rapidez, desesperado, con la firme creencia de que aún estaban en el lugar del sueño. Cogió su coche y más que correr volaba en busca de sus niños. Mas esto era imposible, absurdo, La Alcazaba había estado cerrada durante toda la noche y sometida a la más absoluta soledad, ni tan siquiera la protege un guardián, ya que allí no hay nada que robar. Quiso entrar pero no pudo, mas también sintió escalofríos y temores, al pensar, que lógicamente, sus nietos estarían dormidos sobre sus camas y bajo la protección de sus padres. –Entonces, como es lógico, iré a sus casas y seguro que en ellas estarán y con gusto los despertaré, pero, ¿y si me toman por loco?, o como poco por un viejo romántico empedernido.
El pobre abuelo se había quedado cogido con tan supuesta tragedia, mas sus pensamientos, parecían estar bien lejos de la cordura, era lo más lógico del mundo.
Sudaba y sudaba mientras conducía. De pronto: oyó los gritos desesperados de sus cuatro nietos, retumbando una y otra vez en su cabeza, mientras corría como loco por las solitarias calles de Málaga. Pensó ir otra vez a la Alcazaba, mas no lo vio necesario porque estaba cerrada y sumida en el letargo del silencio. Si pensar más, tomó el rumbo hacia la casa de su hijo y nuera, (“Jose y Eu”). Llegó al fin, tocando con prisas el timbre de la puerta de la calle. Le abrieron, cogió el ascensor y en nada de tiempo, se encontró ante la puerta del piso que ya estaba abierta y con su hijo esperando su llegada -¿Qué te ocurre papá? –Le asaltó asustado “Jose”, mas el abuelo, casi gritando preguntó a su hijo por sus nietos (“Javi y Jorge!) -¿Qué te ocurre papá, de qué me hablas? -¿Acaso es que no sabes que mi hermana se llevó a los niños, porque ellos querían dormir en su casa con su primo Jesús y su prima Yolanda? ¿Seguro?, – preguntó el abuelo. – Seguro papá..., ¡Por dios no me asustes! - ¿Es que les ha pasado algo a mis hijos, o a alguien de la familia? -¡No..., no!, por favor calla, me voy corriendo. ya te lo contaré con más tiempo. –Sin más, se marchó el abuelo dejando a su hijo”Jose” bastante preocupado.
Con igual velocidad llegó a casa de su hija, mas como de esta tenía llave, sin pensarlo, nervioso a tope, abrió la puerta, - mas antes de entrar pensó, ¿me tomará mi hija por loco? Todos dormían, el silencio era total y absoluto, con la excepción de algunas respiraciones al azar. Al fin entró en el cuarto de sus nietos, quedando al momento mudo de asombro al contemplar, que sus camas estaban vacías. Pensó casi con violencia, que sus cuatro nietos se habían quedados atrapados en el sueño, allá en otra dimensión desconocida, mas con la terrible dificultad de poder entrar, ni él ni nadie, ya que dicho sueño se haya en un mundo opuesto, o en un plano de existencia encontrado al azar. Perdidos están y sin posibilidad de hallar entrada alguna para buscarlos, incluso, dicho lugar, puede ser como un estado dimensional que pudiese pertenecer a uno de esos Universos paralelos de los que tanto hablan los científicos. ¡Mis niños, pueden estar atrapados y perdidos en uno de ellos y para siempre, abandonados y en manos de la providencia, por entre los infinitos confines de la Nada!.
Posdata: continuará.
EL ESPAGUETI
Una oscura noche de un mes de abril, en una de esas grandes ciudades donde reina la miseria y el hambre, una obesa y mal vestida señora de unos cincuenta años de edad, entró dispuesta a saciar su apetito en un antiguo mesón, de los que ya quedan pocos en este mundo, porque ya están condenados a morir en el olvido si antes no los reforman, ya que están, faltos de esos clientes que por comer bien y cómodos, son capaces de gastarse lo que hiciera falta, por degustar las delicias de tradicionales viandas, entre suculentos platos bien condimentados y servidos sobre una mesa de limpios manteles lujosamente decorados, mas, no es este el caso de nuestro sombrío mesón.
Pues bien, nuestra buena señora aunque sucia y andrajosa, era de semblante candoroso y bello, la cual, se acomodó como pudo sobre un ennegrecido banco de cuarteada madera, mugriento y hediondo, como parte del alisado recubrimiento de poros y polillas. Sus desconchadas paredes estaban derruidas por el tiempo, sucias, y sin una miserable mano de cal, parecían no haberse encalados en decenios; y que decir de los envigados techos ennegrecidos por humos y vapores que contaminaban aquel irrespirable espacio, un mal oliente lugar, más parecido a un “antro” que a un mesón. Los suelos de agrietados mazaríes, (partidos, movidos, desgastados y sueltos), de grasientas y ennegrecidas juntas. Pues bien, este era el lugar que frecuentaba nuestra hambrienta y vagabunda mujer.
Tomó asiento al par que apoyaba sus codos sobre el pegajoso mostrador, dejando caer su grande “cabezota” sobre sus abiertas manos, acariciando con ellas sus rojizas mejillas, como estimulando su feroz apetito. Mientras el mesonero gordiflón y bigotudo, con rostro sudoroso, se acercaba entre bucólicas sonrisas a nuestra apacible señora, en vilo el estrecho pudor del sentimiento, y en ella, esquivas sus miradas, atrapada sonreía con la ilusión del pensamiento y ante la penosa duda del que pedir. Veía con estupor pasar ante sí, olorosos platos de clásica comida, a la vez que pensaba en lo flaco de su bolsillo, mas esto último la hacía palidecer entre debilitados suspiros cercanos a la congoja.
Se decía: -- Un buen plato hasta el borde me llenaría la panza, seguido de una gran chuleta de cerdo sumergida en una honda fuente de “tiernecicas” patatas. -- Murmuraba, y casi acabó hablando en voz alta, mas nadie la escuchaba, cada cual andaba sometido al mimetismo de su mísera y doliente economía, según el estado en cuestión de cada individuo.
En el bolsillo de su viejo delantal, se acomodaba una moneda de mediano valor adquisitivo, compañera inseparable en su camino. Su estómago vacío emitía graves lamentos por la pura condición de su pobreza, ante una vejez prematura, efectos de males y desidias, sin familiares ni amigos que pudiesen socorrerla.
-La realidad es la que es, – pensó, -no tengo más de lo que tengo para saciar mis ganas de comer -¡Qué pena tan grande la mía! –Murmuró, -con hambre y sin dinero, y sin algo que vender para saciar este enorme vacío, –añadió. Su desesperación era sin límites, sin embargo, tenía que conformarse, seguro que existirían en el mundo gentes peores que ella y en peor estado -¡Seguro que sí!,- se insistió a sí misma, al par que echaba al vuelo sus turbios y lejanos recuerdos, por entre los confines ya inalcanzable de su perdida niñez. Pero, -¡“puñetas”, tengo mucha hambre!, -se repetía sin consuelo una y otra vez, y mientras hablaba, se percató de como se apoderaba de ella, una agónica tristeza de audaz melancolía.
-¡Que tal señora!, -le interrumpió sin más el osado mesonero -¿Desea usted comer algo? - Muchas cosas, - respondió sacándose del esquelético bolsillo su única moneda, que al posarla sobre el sucio tablero, comentó con abrumada delicadeza -¡Ese es todo mi capital!, haber que hace usted conmigo y con mi hambruna. -Pues con ese flaco capital, solo puedo traerle un suculento plato de humeantes lentejas, o de tiernos espaguetis, sin más.-¿Humeantes?- preguntó ella. –Recién salidos señora, no tenga por ello cuidado, - respondió el cándido anfitrión, añadiendo, - o, puedo darle un calentito plato de “sopa de ajo”, o, un suculento y nutritivo plato de potaje, -¿qué le parecen mis ofertas? -Terminó diciendo. –Pues..., ¡que no!, que me quedo con los espaguetis y punto. –Al momento, eso esta hecho. Y diciendo esto, se fue veloz como el viento hacia la semi oscura estancia de la cocina, por cierto, llena de nidos de vivos “bichejos”, entre cucarachas y veloces ratoncillos.
Al fin llegó la comanda y la pobre mujer toda nerviosa cogió el tenedor y aunque quemaba, no le importaba, pues más quemaba el hambre que la embargaba, así, que mas pronto acabó con tan codiciado plato engullido en pocos minutos. De momento, su apetencia había aminorado, ahora otra vez a la lucha, como lo es, la de conseguir otra moneda, si fuese posible de mayor cuantía que la anterior. Roguémosle a Dios, para que así sea.
Dio por terminado su mísero ágape, mas sobre el espacioso plato, recostado sobre su borde circular de color amarillento, ayudado tal vez por la sombra, pasaría inadvertido para nuestra buena señora, un largo y tierno espagueti.
Hubo un fuerte eructo nacido de su interior, de brutal desahogo, que con agrado y confort, el gordiflón del mesonero advirtió, deduciendo, como sus espaguetis habían creado una mágica sonrisa en los abiertos ojos de aquella atractiva dama, porque ella, sabía apreciar sus guisos con deleite y pasión. Era una forma para él, la de captar cierto estado de felicidad, presto a enamorarse, más nadie se percató del solitario “Espagueti”, que perdido de toda mirada, entre platos grasosos y vacíos, nuestro amiguito, viajaba pasando inadvertido rumbo hacia la espaciosa y mal iluminada cocina.
Al caer sobre el cubo de la basura, nuestro personaje quedó prendido sobre su borde, sometido desde ese instante al lamentable proceso de disecación y por ello, el de rigidizarse una vez endurecido, mas nunca sabremos el tiempo que se quedará prendido sobre el balde de zin, tal vez se viera antes de endurecerse, en las fauces de cualquier ser inmundo, -susto me da solo el pensarlo, tan vivo y sabroso, a saber cuales serán sus inesperadas visiones.
Triste y sombrío quedó nuestro amigo el “Espagueti”, en espera de cualquier salvación, o tal vez, quedará para siempre abandonado al azar. A las varias horas de estar sobre su nuevo aposento, el dueño, al coger el cubo se le volcó un poco, con tan buena o tan mala suerte, que nuestro personaje se deslizó hasta el suelo cuán largo era, quedando expuesto a ser pisado o devorado. Desde su lugar, nuestro personaje podía oír como se despedían los últimos clientes que tomaban sus últimas copas sobre el alto mostrador, y al poco, como las puertas del local se cerraban con fuerte ímpetu, porque al ser viejas, sus hojas se atrancaban entre sí, por ello al ser encajadas omitían un estruendoso golpe.
Latente, la oscuridad quedó fijada en la noche. Los horrores se acomodaron sobre el silencio, quienes podrían conmover a los más fuertes corazones. La argucia del pensamiento quedaría relegada al entre dicho de cualquier intento de demostrar lo fútil del miedo, sobre este lugar, mas un vacuo sopor de intriga se adueñó de nuestro sensitivo artífice. El miedo se forjó en el pasar del tiempo para ubicarse en todo cerebro que ocupara un cuerpo. Los misterios de la noche ocuparon todos los rincones del oscuro mesón, entre leves y desconocidos ruidos. De los viejos barriles ordenados hasta el techo sobre la sucia pared, surgían sutiles voces de confundidos sonidos, como si fuesen tenues ronquidos entrecortados de lejanos alaridos de muerte, los que podrían herir la sensibilidad de cualquier “ente” atormentado por sus miedos y temores. De aquéllos yertos lugares, aparecieron nauseabundos olores y un perverso estupor entre descomunales presencias, sombras con figuras fantasmales pululantes y crueles, sobre aquel solitario confín de insoportables intrigas para cualquier humano, mas nuestro interprete, al parecer, tenía corazón y sentimientos, por supuesto distintos a los del hombre.
Las sombras se deslizaban con formas de halos vaporosos, entre ocultos temores nacidos de las tinieblas, quienes despertaron a las acomodadas cucarachas y otros parásitos. El grasiento suelo de la estancia se podría palpar y sentir a pesar de la negra y profunda oscuridad, por el pululaban diminutos seres que parecían resurgir de lúgubres y patéticas moradas, o, tal vez, de un mundo pintoresco y cruel, legado de sueños tormentosos venidos de lejanas dimensiones, de donde florecen morbosos estados, aliados con las desdichas, la rapiña, la voracidad y la indignidad, entre acechanzas y odios, como barbaries que conforman un habita de inexplicable descripción.
Pasaron los días, mas entre el polvo y la humedad, nuestro personaje al par que perdía su jugo natural, fue endureciendo y creciendo de volumen por impregnación de sustancias, al parecer cargadas con el legado biológico que conforma la vida, -¡pero..., qué vida!.
Uno de los seres que me fue desconocido, me lo imaginé como a un mutante o ser endemoniado, como de otra galaxia, el cual, iba inoculando al espagueti noche tras noche, al parecer, con una diabólica poción de inimaginable acción destructiva, tal vez traída de lo profundo del averno, virus desconocidos de mutaciones atroces y constantes, con tal grado de nocividad y pesar, que la muerte ante ello, sería una mera ficción ante tan elocuente presagio, de insospechada visión terrorífica.
El mal se estaba gestando por todo el cuerpo del “Espagueti”, dicho ser, podría representar a una maligna larva de desconocida procedencia, quien le iba empujando bajo el oscuro hueco del fregadero, junto a la oxidada y cascareada pared, impregnada de basura fermentada por la humedad.
Nuestro “Espagueti” aumentó de grosor, ya era, como el dedo índice de una vigorosa mano de color rosado. Por lo visto, los demás insectos comunes y conocidos por todos, se acercaban husmeando sin atreverse a probar bocado. Algo insólito estaba ocurriendo, nuestro personaje, crecía más y más, como queriendo ser la despensa de cucarachas y ratones. Al cabo de una semana, había crecido y aumentado hasta un tamaño inaudito, era su redondez como la muñeca de un hombre corpulento y grueso, hasta el punto, de no tener parangón con nada experimentado e imaginado por la ciencia más aventurada y descriptiva.
Se dio el caso, de que coincidió su crecimiento con el periodo de vacaciones de diez días que se tomó el “gordiflón” del mesonero, dejando a nuestro personaje en total soledad ante un ejercito de seres hambrientos que se extendían por todo el silencioso recinto, parecido en cierta manera, como a un claustro o antro, sumido en un lamentable estado de abandono.
Un día, nuestra señora, la que fue protagonista de consumir su plato de espagueti, de donde surgió por abandono nuestro ser, se coló por un patio vacío y olvidado, el cual daba a una vieja ventana de requemados y astillados postigos, la cual se comunicaba con el mesón, sin que el dueño se hubiese percatado de ello. Nuestra mujer, cuando se sentía como en aquéllos momentos, sin lugar donde cobijarse, se atrevía a acomodarse en su interior, infringiendo las leyes de la propiedad, sin embargo, siempre y a sus maneras, su proceder fue honesto en cuanto apropiarse de algo que no le perteneciera, y nadie hasta entonces llegó a descubrirla, ni tan siquiera sospechar de ella.
Tendió su agujereada manta sobre el húmedo y sucio suelo del salón, el que daba a la gruesa puerta de entrada, en la oscurísima estancia donde los clientes consumían sus pitanzas. Pronto, debido a su edad y cansancio, quedó plácidamente dormida, cargada con sus conformados hábitos y temores, que eran inevitables, porque este mundo que habitamos, es inmensamente cruel para la mayoría de los humanos, perverso para los débiles y acomodaticio para los malvados.
( II )
Eran tiempos hostiles de miserias y hambre en casi todos los pueblos de la tierra. En las grandes urbes, y sobre todo en las más industriales, el alba venía acompañada de una inmensa nube gris púrpura, como producto de la contaminación, de la que el hombre, cada vez más, padecía nuevas y desconocidas enfermedades, sobre todo, los que moraban como podían en esos campos estériles y fríos, desprovistos de su natural y propia vegetación, como desiertos prematuros, o, mal vivían en cloacas y chabolas o, bajo tenebrosos puentes expuestos a las riadas, donde los lechos de los ríos servían como vertederos incontrolados por los incultos y groseros hombres que lo habitaban, por supuesto, no solo por sus culpas, sino por las falsas e hipócritas leyes elaboradas en lo general, para proteger a los que por medio de ellas, humillan y roban a los demás, impartiendo desde siempre una brutal educación, que no es más, que los preliminares para la aceptación a posteriori de su propia sumisión, por cierto, que buena parte de ello, las han tenido siempre todas las instituciones del planeta. El egoísmo, parece que es indestructible. He aquí uno de los muchos motivos por los que nuestra buena señora malvive en las funestas manos del sufrimiento, así mismo, millones de seres coexisten de maneras infrahumanas.
Pasaron los días y muy pronto, el mesón abriría sus puertas a su inocua y mísera clientela, solo faltaban cuarenta y ocho horas para abrirlas. La lluvia de Abril repiqueteaba sobre los casi traslúcidos cristales de las ventanas, ya que la suciedad imposibilitaba su natural transparencia. Las alcantarillas de la ciudad no absorbían la totalidad de la lluvia, por tanto, las calles más bajas se hallaban inundadas de pestilente agua sucia, fría y estancada. La gente, sobre todo los hombres, se remangaban los pantalones para atravesar por necesidad, de una acera a otra, sin embargo y a su pesar, el movimiento era incesante, cada cual tenía que buscarse las habichuelas de cualquier forma o manera y en cualquier lugar de aquel “barrio” de inhumanas vicisitudes.
Era la víspera, o sea, el día antes de la apertura del local en cuestión. Al parecer, la señora aún dormía. La madrugada se cernía a paso lento sobre el lugar y el mesón seguía cerrado. Los vientos abrileños de nuevo traían cantares de lluvia, mientras tanto, todo se hallaba en reposo. Eran las seis y la aurora ya repartía por el entorno sus enrojecidos fulgores, pronto las calles aún solitarias, se llenarían de sus habituales bullicios, pues, mientras más paro, más multitud de ladrones, bribones y holgazanes pululando por las derruidas callejas.
A paso lento, me encaminé hacia la solitaria cocina, mas pensaba que estaría como siempre, infectada de fieras cucarachas. Ya estaba dentro y quedé sorprendido al no hallar ni un solo “bichejo”, mas un rumor o sonido desconocido percibí bajo el alto y ancho fregadero. Era, como un extraño chasquido, más bien me parecieron lamentos angustiosos. Mi mente se quedó colgada y apesadumbrada mi conciencia. -¡Horror!, ¿qué es esto?, me pregunté. Había varios parásitos en torno a una especie de pierna de hombre robusto y largo, todo viscoso e impregnado por una sustancia gélida, fétida y gelatinosa, amarillenta, repugnante y ponzoñosa. Los gemidos procedían de aquellas infelices alimañas, tan grandes como ratas tumbadas boca arriba, mientras que unos cordones semejantes a los umbilicales, salidos de nuestro personaje convertido en repugnante ser, las alimentaba. Sobre la parte derecha, un "ente" indescriptible, no comparado a ningún otro de nuestro planeta, se hallaba recostado sobre nuestro ya inmenso “Espagueti”, alimentándose de él con indescriptible maestría, su tamaño era como el de un gato robusto y deformado, sus ojos destellaban pavor y sus miradas podrían penetrar nuestras pupilas. No hicieron, ni caso de mi presencia, por lo que comprendí que tal vez estuviesen en el último proceso de desarrollo, dado su incomprensible estado de madurez. Me pareció, que solo quedaban aquellas últimas cucarachas, posiblemente, el resto que se contaban por cientos, estarían en estos cruciales momentos, tal vez contagiando a todas las demás, incluidas las ratas de aquella mísera ciudad. Si todos estos pensamientos fuesen ciertos, - pensé, mi imaginación quedaría relegada a un cuadro vago y misterioso, ante tan insospechada y terrible realidad.
La lluvia seguía su ritmo y la gente ya transitaba por las calles. A las puertas del mesón, el dueño cogió las llaves para abrirlas, mas se detuvo, y dando media vuelta se marchó, tal vez pensando en las nuevas mercaderías alimenticias.
Algunas personas que pasaban, comentaban agitadas sobre seres enormes y monstruosos que habían localizado junto a las tapas de alcantarillas, y que, cuando se acercaban para observarlos, las metálicas tapaderas, con veloz movimiento se cerraban, mas ante tales visiones de fundados temores, horriblemente asustados, todos corrían sin volver hacia atrás sus cabezas, mas estos seres desaparecían sin apenas mostrarse para ser observados.
El sol surgió de entre las nubes y la lluvia había cesado. El día prometía sosiego y esperanza, los vientos también huyeron. Las horas corrieron deprisa hasta tocar las puertas del tiempo, y este, al fin se detuvo al pie del ocaso, quien se deslizó por entre las sombras hasta las mismas puertas de la noche, bajo la confusa mirada del lejano horizonte.
Mis oídos se pegaron sobre las viejas puertas del mesón y, con la máxima atención, pude percibir extraños latidos de seres gigantes. -¡Para, para¡ - Me dije casi gritando, - no te aceleres, podría ser alguien “bestial” que duerme entre un peculiar estado de ronquidos, o, un grifo abierto que ronco cae al cóncavo recipiente, todo, menos pensar en algo que no tendría por donde cogerlo, ¿vale?
Al fin el nuevo día, día de apertura después del descanso de nuestro mesonero. Eran las siete y media de la mañana, hora de abrir. Los indeseables, entre otros, se apiñaron junto a las puertas, anhelantes por consumir los malditos brebajes de alcoholes y cervezas.
Voces lejanas se oyeron, poseídas de temores y lamentos. Allá en el fondo de la calle, hombres y mujeres, veloces corrían hacia nosotros, acercándose con increíble rapidez, y, al acercarse más y más, podíamos contemplar sus rostros desencajados por el horror, mas fuese lo que fuere, algo diabólico los perseguían. Las puertas del mesón al fin se abrieron, y allí estaba el espanto. Una grotesca figura que se podría semejar a una especie de mujer imponente, semejante a una bestia, atrapada entre las fauces de un iracundo ser, un gigante de aspecto horripilante y cruel, un extraño ejemplo de vida, tal vez de otros mundos, un freno para no dormir, o, tal vez, el producto de un sueño inacabado que merodea en torno a nuestro existir, para apoderarse de nuestra mente y nuestra alma. Algo del más allá representando una estampa del infierno.
Mas un silbido agudo y penetrante, cortó el aire de aquella estancia, ante los ojos expectantes de todos los presentes y sin más, y sin saberlo nadie, todos entramos al oscurecido mesón, y tras nosotros, las enormes puertas gimieron, ante un común escalofrío provocado por un vendaval de arrítmicos latidos, ante el estupor de todos, de un solo golpe firme y poderoso, las enormes hojas de seca madera, al fin se cerraron.
Se enmudeció el pensamiento, todas las manos en alto, los cuerpos tiritando y los cabellos erizados. Reinaba una perenne oscuridad sobre un gélido silencio. ¡Shííííííííí!
De los cuerpos ensombrecidos por el terror, huyeron las almas en pos de lo eterno, por si acaso existiera la gloria en otro universo.
I
Amanece y atrás quedan las frías paredes de la noche entre los invisibles destellos de los sueños, capaces de sobrecargar la más duras de las conciencias.
Inseguro, el siniestro oficio de las sombras abandona los lúgubres parajes donde momentos antes, pululaban ateridas visiones de sensibles y desveladas siluetas sobre el espacio y tras los negros cortinajes del espanto, donde impávido y mudo, se oculta un “ente”, asustado morador de las tinieblas y a su vez, una de las propiedades de la vida conviviendo con otros allá en la fortaleza del cerebro, mundo cruel e inacabado de infectadas regiones, llenas de brutales horrores al que todos llamamos “infierno”.
Salta la flor del alba entre suspiros que despiertan, sobre un aire de limpia poesía nacido del misterioso jardín del presente, como fuente inagotable del deseo.
Existe un cuadro a pie del profundo abismo, que, quien lo contempla jamás dormirá tranquilo, dicho cuadro se torna en movimiento, cuando las etéreas sustancias del alma se descuelgan de su cuerpo para ser arrastradas hasta las puertas mismas del averno, tal vez coaccionada por la creencia hostil de sentirse cruel y pecadora, ante el litúrgico vicio de las religiones, fundadoras del deseo como semblante del don divino, del que nace astuto y mediocre, el maloliente signo de fervor y seguimiento, para enaltecer las falsas filosofías de todas las creencias. Son beneficios netos para todos los guardianes, (protectores del rectorado de ideas), entre ellas, la de la existencia de Dios, amparada a su vez por la dichosa palabrita de “Fe” como idóneo sentir de lo confuso. Es un axioma de in cuestionada maldad que va involucrando al hombre para acabar con todo movimiento, primitivo y natural, como sentido de búsqueda e intrínseco sentir, del que tal vez proceda el alma.
II
Pasillos interminables, insólitos rincones sumidos en reinante y frondosa oscuridad de invisibles callejas entre parajes de tinieblas, de donde surgen al azar; visiones de ilustrados espejismos, pavores del holocausto generados por la denigrante acción del egocentrismo, entre ideas fragmentadas que jamás serán cumplidas, nacidas de una mente colectiva y llena de razones incompletas, ya que solo son, fragmentos de vanidades ocupando los campos de nuestro cerebro, añoranzas de eternidades que acaparan los estratos de la existencia, símbolos coronados por la discordia y el melodrama de la inquietud, quienes absortos elaboran el abstracto mundo de los placeres sensoriales y por ende, gobiernan todo sistema de relaciones íntimas entre los hombres. También están los adictos a personajes, los que juegan a ser únicos, los que gobiernan y rigen. Son cretinos que de verdad se creen el centro de todo, mas son seres banales de segunda o tercera mano, impíos caballeros, aberrantes rufianes inmorales que arrastran a todas las humanidades a sustentar y condimentar el guiso venenoso de todas las vanidades. Esta es la clave del mal que navega sobre el tiempo.
Un grito desgarrador heló mis venas, mi corazón presto a estallar, perdió el control de sus latidos, me pareció que de un momento a otro llegaría el fin de mis días. Me dirigí veloz hacia el lugar que me pareció ser la procedencia de tan terrible grito, mas en mi vertiginosa carrera, tropecé, con tan mala fortuna, que me golpeé fuertemente en la cabeza. Las horas corrieron sobre aquellos insólitos lugares, sin embargo y a mi pesar, me sentí protegido por un confortable estado de paz y sosiego, sobre el que desperté algo atónito y turbado. La vida es un frenesí – pensé, - pues siendo un acólito de los sentidos me hallo desnudo ante un mesurado sueño, donde habita la armonía y la certidumbre del ver y sentir la confundida razón de lo que es.
Cuántas veces he pensado, incluso imaginado como verdad, que los personajes que nos habitan desde la cuna hasta el lecho donde se muere, allí donde todo fastidio termina, era, la grata ilusión de una tumba, morada del silencio, allí donde el hedor y la carcoma serán en si mismos el último festín de todo cuerpo, mas los personajes que en realidad me habitaron, no dejaron de existir ante el punto y final de la muerte, sino, que solitarios y ausentes de todo alimento y faltos de guías sobre ciertos campos sicológicos, con el fin de ser ayudados, se vieron postergados a vagar por los desolados vacíos del cerebro, perdidos y absortos ante la vaguedad de ilusorias visiones que del pensamiento heredaron, mas, adversas versiones de angustiadas sombras le amargaron el insólito existir y ya perdidos, se vieron obligados a vagar por los vacuos desiertos, contaminados por la pesadumbre y la intriga de la falaz sensatez. Eran lugares extraños de inseguros estados entre inhóspitos planos devastados por las falsas ilusiones.
Otra vez el horrible grito, otra vez la tensión ante el pavor. Sin pensarlo, me hallé fuera del sueño, guiado tal vez desde el más allá, para servir de ayuda al que desesperado omitía tan lamentables y hostiles alaridos, tal vez queriendo apelar ante la voraz agonía que nos depara la muerte o quizás, ante la sombra inesperada de fenecer en un antro de lúgubres vaguedades y hostiles sufrimientos. Yo corrí desesperado, tropezando con seres de otros tiempos que al fijarme en ellos, de algo los recordaba. Sentí un fuerte impulso de parar mi carrera al pensar, que corría por los pasillos de mi propio cerebro con rumbo desconocido, tan solo guiado por tan horripilante llamada de socorro. Parajes insólitos me traían recuerdos mientras corría, recuerdos de ingrávidos pensamientos de activos personajes de mi vida, que son mis perplejidades.
De pronto, salté como un resorte de mi ardiente cama con el corazón desgarrado y el sentir a la deriva. Al poco, pude comprobar que me hallaba sobre mi lecho, suspendido en el espacio vital de mi sala, sintiendo que apenas respiraba, hasta que desde mi estancia y en vilo el sentimiento, despiertos a mis sentidos, llegaron los desesperados gritos nacidos de mi interior. tal vez fueran de uno de mis lejanos personajes que me ocuparon y que hoy se halle al borde mismo del infierno, el que llevamos todos instalado en nuestro cerebro, o, tal vez sea un “ente” en el último ahora de su tiempo, que es mi tiempo, en el que no puede hallar un mínimo de consuelo que pueda solventar y enfrentar con decoro su eterno e inesperado sufrimiento - ¿Ayudar a alguien de mi pasado? - Pensé, - mas que me digo, Él, soy yo en todos los aspectos, si el sufre yo sufriré hasta su último instante, si el muere yo moriré, porque en mi expiración no puede existir división. –. ¿Quiere esto decir que entidades de este talante atravesaron mi existir? Lo cual significaría, que el mal ha ocupado siempre mi interior. El yo que me dirige es el personaje que ahora me ocupa, por tanto, jamás podré huir de mí, he comprendido el mensaje del ahora y en libertad al percibir intensamente mi último estado y viendo como me gobierna el egoísmo, aún dentro del armónico sosiego, y que si esto le ocurrió a mi otro personaje, es por lo que jamás comprenderé, más me veo obligado a proseguir el camino de la ayuda. Pudiera ser, que sobre todo el recorrido de mi existir, hallan vagado “yoes” de insospechadas condiciones, que fueron relevandose entre sí atravesando la trayectoria de mi pasado, sin tener idea sobre la edad de todo mi proceso.
La conciencia está plagada de lamentaciones y gemidos de seres controvertidos que fueron personajes de otros tiempos y que tomaron protagonismo en mi efímera vida. También deambulan ejércitos de seres extraños que me ocuparon e instalaron en ella, seres anónimos, peregrinos y buscadores, malignidades de otros niveles y planos de existencias que ocuparon mi subconsciente, incluso me marcaron caminos a seguir y me guiaron por las senda del agravio, y fui presionado por una mente in cuestionada que me señalaba los pasos a seguir. Hoy, aunque incompleto, sutilmente me muevo sin pretenderlo por los sucios caminos del deseo, mas a ellos me dirijo y sin pretensiones diré, que la comprensión en cierta manera me está iluminando. Se que es muy sutil pensarlo y decirlo, mas en el pensamiento del ahora eatá escrito.
Palpitaba la vida entre arrítmicos latidos, mis piernas no me respondían, el paisaje fundido en la penumbra, lo mismo era una abrupta y gigantesca caverna oscura, que campos estériles, vacíos y deprimentes habitados por elevadas colinas compuestas por fétidos cadáveres y lo que me pareciera cielo, era como un denso y sedoso resplandor sumido en la agonía de la luz, capaz de absorber ese estado de intriga piadosa que siempre me acompaña, como un regalo al azar al que me aferro.
El grito fue tan horripilante y la estampa del infierno tan deprimente y tan desgraciado el personaje que sufría, que sin poderlo evitar me aferré a su cuerpo y con fuerzas inexplicables tiré de él sin dudarlo y regresó conmigo a mi lecho. Por tanto, estaba salvado, lo salvé, mas al soltarlo, se desvaneció ante mis ojos en tan solo un instante. En aquel momento salí del embargo mental donde me encontraba, la psique me suministró una maldita educación durante todo mi existir, la que me legó ese endemoniado y pervertido estado de cruenta impunidad, por donde la humanidad entera es conducida para padecer todo tipo de ignominia y asi apartarnos de la absoluta verdad. Mas siento, que todos sabemos, que en el ansia de vivir perdura la más elocuente condición del existir, sin más. Fatuo y cruel es el misterio sustentado por la grata soledad del engaño y el vigoroso sentimiento de lo eterno.
Nuestra liberación está dependiendo de los lazos que nos unen al pasado, mas este, está sustentado por el frío devenir de nuestra historia, (Cúmulos de acciones a las que llamamos experiencias) de las que presumimos que nos sirven, mas abandonados todos y a la deriva de nuevos cambios de vivencias ocasionales entre condiciones incontroladas, aún así, sin nadie pretenderlo, la vivieron. Por tanto, nunca murieron, así que no acabaron de completar el ciclo de sus misiones a lomos de sus cuerpos, sin embargo, imaginaron una entidad incontrolada y etérea a la que llamaron alma, como subfruto del devenir, tal vez con la única pretensión de seguir existiendo, sin imaginar tan siquiera lo que pudiese haber sido el haber vivido en el ahora, como principio del natural sentimiento y dentro de la universal conciencia.
Tal vez ahí se halle el paraíso, sin búsqueda, avance o retroceso. Solo, en ese estado donde solo reina el silencio.
Existe una trayectoria de impotentes personajes en cada ser, imposible de resumir. Dichos seres ancestrales nos dominan y dirigen a pesar de tantos milenios de existencia, de los que no podemos evadirnos. Estos personajes, insisto, no murieron, por tanto, nos habitan, y de cada uno de ellos, tienes un dicho como herencia, otra muy distinta vivencia a las de otros muchos que te habitan. Por tanto, no es fácil de acabar con ellos para poder liberarte, porque aún se reflejan en ti por medio de tu pensamiento, entre imágenes arrancadas de tu memoria.
Si has de liberarte de la acción del tiempo, ha de ser en el presente, rompiendo al unísono todos los esquemas que te dividen y te doblegan –que, ¿cómo se hace esto? No hay respuestas ni estados de búsqueda para conseguirlo. Tal vez, romper, como se rompe un cristal, luego, pulverizarlo y echarlo a volar sobre los tempestuosos vientos generados por los grandes océanos. Sumergiendo cada partícula del tiempo. Obviamente, es un ejemplo que tal vez no tenga sentido.